La Grieta
La grieta empezó una mañana, apenas perceptible. Como una línea fina entre dos baldosas que antes se creían una sola.
-¿Querés mate? -preguntó él desde la cocina.
-No, gracias -respondió ella, sin mirarlo.
El silencio no fue nuevo, pero esa vez pesó distinto. No hubo discusión, ni portazo, ni lágrimas. Solo una sucesión de gestos mínimos que dejaron de ocurrir. No se rieron más en simultáneo. No se buscaron los ojos durante el noticiero. No se pasaron la sal.
Ella dejó de tender la cama. Él dejó de preguntar cómo había dormido. Una tarde, al colgar la toalla, ella notó que ya no le dolía tanto. Le dolía, sí. Como duele una muela floja, como duele el hueso que recuerda una caída vieja. Pero no era un grito. Era un murmullo constante, un eco bajo la piel.
-¿Querés que hablemos? -murmuró él una noche, mirando el techo.
-¿Para qué? -contestó ella. Y no era enojo. Era certeza.
El dolor no era sólo por lo que faltaba. Era por todo lo que se había intentado. Por las palabras dichas a tiempo y las otras, las que llegaron tarde. Por los domingos en los que aún creían. Por los hijos criados. Por la mesa compartida.
Era un duelo sin cuerpo.
Un día, ella se levantó más temprano. Se vistió con un pulóver viejo y salió a caminar. No dejó nota. No cerró la puerta con llave. El cielo estaba gris, pero no amenazaba tormenta.
Mientras cruzaba la plaza, sintió que la grieta seguía ahí, claro. Pero ahora sabía que no era ella. Era la casa. Era la historia. Era el amor que, al romperse, también le dolía a las paredes.

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