Rostro sin firma
Puedo ser tantas mujeres como me proponga,
acomodar mis relatos nuevos o antiguos
mientras mis hijos hacen ruido en la casa
la noche fue el miro de contención
dónde el cuerpo aparecía recostado
bajo el piano
olvidado ya entre tanto cuento
Me veo envuelta en el olor del almuerzo, en el sonido de las pizadas de uno
O en el balbuceo de la rosa del otro
y la ventana me enseña el rostro que me acompaña.
Sigo teniendo el cabello largo,
he ganado algo de peso
y aún así
reconozco está mujer
que se está cocinando.
Ya no espero la noche, la ventana muestra
un reflejo sin firma
marginado por su propia palidez.
En medio del día,
del movimiento de la nada,
me acostumbro a escribir
libre de toda forma
sin vestimentas
ni intermediarios.

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