Fragmentos de un Espejo Roto
A veces me pregunto —y la pregunta cae como una piedra en el silencio—
cómo hay manos que sostienen un corazón ajeno
y lo tratan como moneda de cambio,
como papel plegable,
como algo que no late.
Luego recuerdo,
con un suspiro que sabe a aprendizaje amargo,
que no todos habitan la misma casa del sentir.
Hay quienes nacieron en climas distantes,
donde las palabras «cuidado» y «respeto»
se traducen de manera distinta,
o simplemente no se traducen.
Las acciones a veces no tienen un porqué.
No todas las heridas vienen con explicación.
A veces solo llegan,
como lluvia en día seco,
mojando sin avisar.
A mí jamás se me pasaría por la cabeza lastimar.
Pero esa es mi geografía interior:
un territorio donde el dolor ajeno
duele como propio.
Esa es mi condena, dicen.
La inocencia que no es falta de vista,
sino exceso de fe.
La lealtad que no es ingenua,
sino terco acto de esperanza.
Pensé, en mi lógica de espejismo,
que si yo no lanzaba piedras,
nadie las lanzaría hacia mí.
¡Oh, qué arquitectura de cristal construí!
Porque la verdad es otra:
las personas acostumbran a romper
si están rotas.
Abrazan para incrustar sus vidrios
en la piel ajena.
¿Para qué?
Para que sintamos su dolor.
Para no sangrar solos.
Para que el mundo, por fin,
se parezca al desastre que llevan dentro.
Y entonces tu pregunta,
la que duele más:
Si te duele y sabes cómo duele,
¿por qué en lugar de proteger lo puro,
tendemos a corromperlo?
Mi reflexión,
hecha de tinta y asombro,
es esta:
Lo puro, cuando uno está quebrado,
no brilla: acusa.
Su integridad es un recordatorio mudo
de todo lo que se perdió.
Y hay almas que, ante ese recordatorio,
no sienten inspiración,
siente rabia.
Una rabia íntima, sorda,
que prefiere ensuciar el lienzo limpio
a admitir que ya no saben pintar.
No es que no quieran proteger lo puro.
Es que lo puro les muestra
la grieta en su propio rostro.
Y en vez de mirarla,
prefieren romper el espejo.
El dolor no transforma siempre en sabio.
A veces transforma en verdugo.
Porque es más fácil heredar la cicatriz
que inventar la cura.
Es más rápido arrastrar al otro al abismo
que aprender a escalar juntos.
Pero tú,
que llevas la condena de la lealtad,
no te confundas:
tu pureza no es debilidad.
Es un acto de resistencia.
El mundo intentará convencerte
de que el cristal se guarda,
de que la ternura es una carga,
de que es mejor llevar armadura
que piel.
No les creas.
Aprende sí a distinguir
entre quien viene con las manos vacías
para llenarlas con las tuyas,
y quien viene con las manos llenas
de fragmentos prestados.

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