Azazel
La ciudad hierve bajo una lengua de zinc y humedad. Caracas no es un valle, es un horno donde los cerros se derriten despacio sobre los techos de amianto y el calor es un peso muerto que aplasta la nuca. Aquí el aire sabe a gasolina barata, a café recalentado en una taza plástica y al sudor de los que todavía creen que van a llegar a alguna parte antes de que ancle la noche.
En este cuarto sin persianas, donde el ventilador gira como un animal herido que solo revuelve el aire espeso, los cuerpos se despojan de toda coartada. Cuerpos desnudos, reales, marcados por la rutina y el desamor, extendidos sobre sábanas pegajosas que ya no guardan frescura. Dos pieles que se buscan no por salvación, sino por el simple reflejo de morderle algo al vacío antes de que el mundo se apague otra vez.
Y ahí estás, Azazel, aunque nadie te haya invitado a esta mesa coja. No vienes con cadenas ni con la épica de los desiertos antiguos; apareces entre el humo del cigarro que se consume solo en el cenicero y el parpadeo irregular del bombillo que parásita el techo. Eres el nombre que se le da a la culpa secular, al exilio sin pasaporte, al exilio de andar por estas calles rotas donde el tiempo no avanza, solo se repite como una mala canción de rock en una rockola vieja.
No hay juicio, Azazel. Solo este calor insoportable que nos borra las huellas digitales, este deseo torpe de tocar algo que no duela y la certeza de que somos atemporales porque llevamos mil años muriendo de la misma sed en el mismo rincón del mundo.

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