El Arquitecto de mi Luz
Tus ojos iluminan cada rincón de mi alma,
revelando habitaciones de mi propio hogar
que yo misma jamás me atreví a visitar.
Son un paisaje que no se agota,
aunque las olas cesen y los pájaros callen,
aunque el verde del valle se rinda ante el tiempo.
Son cafés, como la canela:
esa que pica en soledad, pero deleita en el dulzor.
Son cafés, como el otoño:
un frío seco que hiela los huesos,
pero que en el refugio del algodón se vuelve calidez.
No es que no existan otros colores en el mundo,
es que los tuyos, con tus cejas despeinadas
y esa risa que intentas controlar.
–Has diseñado una estación que no quiero ver pasar–
Eres la arquitectura de mi alma;
no porque seas una extensión de lo que soy,
sino porque bajo cada cimiento roto,
tu nombre cose las heridas que no ocasionó.
Dicen que los ojos son el reflejo del alma,
pero los tuyos reflejan la mía.
Me enseñaste que amar no es hundirse con el barco,
ni vulnerarse para ser lastimada.
Contigo, el final de la historia cambió:
Te empujo para impulsarte y me das la mano al llegar,
haces espacio en la balsa para salvarnos,
o te quedas conmigo a la deriva de la mar si decide ganar.
Tus ojos iluminan lo que yo no conocía,
cambian la estructura de todo lo que creía,
y los míos, simplemente, te aman, te aman con locura.

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