Ojos de Luto

La ciencia moderna identifica al zeptosegundo como la medida mínima del tiempo, una miltrillonésima parte de un suspiro cronológico. En ese destello invisible, cuando el óvulo es alcanzado por la vida, todo comienza. Sin embargo, el ritmo del corazón aguarda hasta la sexta semana, el dolor nos reclama a la veinteava y la conciencia despierta poco antes de nacer.

Llegamos al mundo entre millones, pero nacemos sin el peso de la ausencia. Un infante no conoce la pérdida porque aún no ha aprendido a pertenecer. Pero cuando un lazo se quiebra, la herida es inevitable. No importa la preparación: el dolor llega. A veces lo hace como un estallido que nos permite soltar, aceptar y continuar; una lógica que parece simplista, casi absurda, pero que irónicamente nos define.

Somos universos en colisión. Cada alma se entreteje con la razón, a pesar de aquellos que transitan sin empatía, forjados por la dureza o por naturaleza en un mundo que es, simultáneamente, cruel y espléndido. La vida imita la picadura de la abeja: el dolor es agudo, pero su presencia es el motor que sostiene nuestra existencia.
Ante la inmensidad, somos apenas un átomo; nuestra vida, una nube de infinitas posibilidades. Pero ante la partida de un amigo, un familiar o un compañero animal, el átomo colapsa. Hay ausencias que nos fragmentan frente al espejo, donde al mirar nuestro propio reflejo comprendemos que el mundo ha mutado para siempre. La vida cambia en un zeptosegundo, pero el dolor nacido en ese instante tiene la densidad de un milenio.

Amar es una condena eterna y hermosa. Si el tiempo es la unidad de medida de la vida, entonces cada latido es un tesoro. Agredir lo vivo —ya sea humano, animal o planta— es una afrenta a la lógica del universo. En este tablero impredecible de males necesarios y bienes superfluos, la existencia es un destello efímero. Debemos habitar cada detalle, cada palabra y cada gesto con la urgencia de quien sabe que no hay garantía de un último beso o un abrazo final.

Somos parte de una conciencia universal. Nuestra tarea es aprender del error propio y del ajeno, sabiendo que cada movimiento nuestro desplaza una estrella. La luz es un obsequio; la oscuridad, ese refugio extraordinario para la reflexión. La vida es un milagro y la muerte su frontera natural. Al final, debemos entender que llevar los «ojos de luto» no es más que la prueba irrefutable de haber poseído un amor indestructible.

Dedicado a Mi Padre Pedro Gilberto Duno Rivas.

Pedro Duno

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