Cuarenta Estrellas para el Cielo.
Hubo un día en que la tierra lloró,
y el silencio cubrió los caminos de La Guaira.
El tiempo se detuvo por un instante,
mientras cuarenta pequeños corazones
emprendían juntos el vuelo hacia la eternidad.
No hubo manos que reclamaran sus nombres,
ni un abrazo que despidiera sus sueños.
Pero el cielo sí los esperaba,
con un coro de ángeles
que abrió sus alas para recibirlos.
Hoy descansan juntos,
como si la misma luna velara su sueño,
como si cada estrella llevara el brillo
de una sonrisa que nunca dejará de existir.
No son tumbas anónimas;
son semillas de esperanza,
son inocencia convertida en luz,
son cuarenta voces que ahora cantan
en el jardín eterno de Dios.
Que cada flor depositada sobre su descanso
sea un abrazo de todo un pueblo.
Que cada oración pronunciada en su memoria
les recuerde que jamás estarán solos.
Porque aunque nadie pronunciara sus nombres,
Dios los conoce uno por uno.
Y aunque la tierra los haya despedido en silencio,
el cielo celebró su llegada con campanas de amor.
Descansen en paz, pequeños ángeles.
La Guaira los lleva en el alma,
Venezuela los abraza con el corazón,
y la eternidad los cobija
bajo la luz infinita del Creador.

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