La despedida que nunca termina

Cierra los ojos para buscar su rostro,
pero la memoria es un viento fugaz
que se lleva, aun dormida,
el timbre de su voz,
la gravedad de sus pasos.
En el lugar donde antes ardía su presencia,
solo queda el silencio;
toca su pecho
y descubre que la ausencia
todavía quema.
Recuerda aquella tarde.
pensó que solo serían unos instantes,
que sus brazos volverían a sostenerla,
pero él se dio la vuelta
y la infancia se quedó sin sombra.
Desde entonces supo
que una despedida podía durar toda la vida.
Hoy aquella niña sonríe.
Ha crecido,
Ha amado,
Aprendió a caminar sin su mano.
Pero detrás de esa sonrisa
Todavía tiembla aquella niña.
Basta una palabra para devolverle el aire:
“liscrosbi”
Por un instante vuelve la luz,
hasta comprender
que aquella palabra se fue con él.
Entonces le teme al olvido,
a que los años le roben sus gestos,
el color exacto de su mirada.
Porque hay algo cruel en crecer:
el mundo sigue avanzando
mientras algunas imágenes
comienzan a borrarse.
No hay dos décadas de distancia,
solo un padre y una hija bailando un vals.
ella apoya la frente en su pecho
y aquella niña vuelve a sonreír.
El café se había enfriado,
pero ninguno de los dos se atrevía a levantarse.
Por un instante cree que no se irá jamás.
hasta que abre los ojos
y comprende que las despedidas no terminan
cuando alguien parte,
sino cuando la última huella se apaga.
Abraza una fotografía
Como quien sostiene entre los dedos
el último aliento de un abrazo.
Y en el rincón más oscuro de su pecho
permanece la niña que lo vio irse,
sin saber que lo miraría por última vez.
Veinte años después,
ya no espera su regreso;
solo le pide al tiempo
que no le quite su rostro.

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