La Luna y Yo
Examina el firmamento con esos ojos ciegos que tanto llaman la atención por su aroma a tinta de chocolate y galletas; pero sábete, oh, dulce cuna adorada que él mismo no nació como tú, si no como un equiparable al terso verso que encandila a las muñecas galácticas. Brindará los sabores rancios a su paladar conforme un mudo suspiro se teje en forma de noche y en trizas de nubes; de aclamante destello submarino. Sus ojos dorados y marrones; su boca de carnada recia presta su voz a algo que no emite sonido pero, en el pero, persiste lo que si existe; se percibe de él un canturreo de suave alabeo.
Entonces una lluvia cae sobre él y le encandila los suelos de los sueños; su terror es solo frágil si tan solo hiciera caso del ave que confabula canciones desde adentro hacia afuera, y se comunica por sus ojos, y amanece tránsido y en rectitud amaestrada; vertiente soñador que atardece y amanece en su ser de crin nevada, de nevada hermosura.
Así que como fantasma solariego desciende la noche en noche en su destello de una triste Luna que no llega a su cauce. Se las apaña para esquivar todo; se hace a la mar del bosque de ese sueño en el que ve al otro de crin de ébano, y el canario canta y arrulla el silencio conforme el duerme con préstamo de vuelos hacia los ayeres siderales; ah, de sidéreos amores, me brindo a la par con el licor de la vida que desprendo, dice el ave, en su mañana hecha noche.
Trata de alcanzarlo en el sueño, y quiere gritar, quiere ser parte de él pero ese paisaje, ese ser de cristal de nocturna recia, amalgama suprema le ofrece un callado cayado; rinde en él el amaestrado retener de la imagen y más allá de su pensamiento su pensamiento se hace oro y roza su mejilla con una caricia de nupcial augurio y le dices, y le dices que lo vistas de luz, que lo veas, porque sin él ni los planetas ni las flores danzarán.
Y sólo tú, en este despliegue inaúdito, te lleno de la plata de los cielos, que ahora veo desde la integridad de yo mismo, que eres también tú. Tan solo vísteme con tu halar de terciopelo y yo en cambio veré tus sueños al buscarte al despertar y no hallarte, tú, príncipe producto de la imaginación de otro sueño en proceder y encanto.
Y quién se viera descubierto, de matriz anonadada, la noche tersa a esa Luna de ébano y marfil edificado con un receptáculo de plateada gama, y si yo fuese todo lo iluminado, sería un hijo de un invierno hecho verano pero ahora no soy más que una insulza primavera que te halla cada vez que haces el amor conmigo sin siquiera tocarme.
«Ya mi alma se estremece», emito una luz en el torso, y mis alas se abren para recibirte con el abrazo del amor que no es amor si no una promesa de memorias de la tarde en un equinoccio de recepción hacia tus núcleos y dunas. Y son las dunas de mi tiempo detenido quienes te hablan y soy yo, y a la vez por vez en el no, me hallo sentado ante ti. Y no es un lecho de lechos lo que ves con tus ojos. Este lecho es un helecho de una boca de lobo.
«Mira este ser y dime, ¿abro los ojos si acaso te sueño? ¿Beso tu frente con la oración de mis afrentas a tus cielos entre mis mudas oraciones?»; sonrío durmiente y entreabro los ojos, y de en mí se enciende una noble luz que como las luciérnagas besan los prados encallados junto al poderío de las estrellas. Abro los ojos y te beso en la comisura de los ojos y el cerco de los labios. Y ahí te veo, oh, señor de mis amores, te miro con ritos
soñadores. Y te pienso y abro los ojos en oración.
Entonces sueñan mis sueños con ejemplares de gracias que solo tú puedes brindarme. El canario en su ser cantúrrea, su garganta marcada por zurcos de antiguas cicatrices se dicen un adiós y un hasta luego al mismo tiempo y vuelve y abre sus ojos hasta dejar ver la luminicenscia del espejo de la vida en ese ser de claridad y a la vez principio, de principio y final en el que se refleja su universo.
«¿Ves con tus ojos a los míos siendo tuyos? ¿Reconoces mi ser a ese latir de recio vuelo? Yo también te he esperado, como si fuera un eclipse inundado con tu estampa; reconozco en ti a mi otro yo».
Y de su ser manó un trino, y el trino no apagó su canción cuando lo miró sin verlo y callaba sin callar.
«Eres el sol que monta la noche, y la noche inunda los aposentos de mis cielos con un jazmín que huelo en tí sin conocerte».
Vanessa Sosa

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