Llorar
Llorar
como quien bota de sí, los fardos de un cargamento indeseable,
para aliviar el espíritu y hacerlo leve, despojándolo de fantasmas.
Para conjurar los demonios que se agolpan en la mente
Para derrotar la rabia, la impotencia y la amargura.
Llorar
a piel curtida, a canto ahogado, a voz difusa
Oyendo el dolor de un cacaotero herido
Sintiendo en los pies, el grito agudo de la tierra partida
como si nada tuviera sentido, ni esperanza.
Llorar
como refugio definitivo ante la injusta vida que te ahoga
Como escape a la explosión interna del alma
Como respuesta primaria a la última noticia desgraciadora
Como resignación ante la cruda realidad de los bisontes.
Llorar
apenas como una niña, en la inocencia de sus pasos taciturnos
Saboreando la sal y la amargura líquida de la decepción reiterada
Porque no se aprende la lección, tantas veces repetida
Porque se sigue confiando en lealtades que punzan como espinas.
Llorar
hasta caer dormida por el peso del cansancio derramado
Hasta no saber si la luna es de queso o las nubes de algodón
Hasta que no quede adentro ni una esperanza mal orientada
Hasta que la noche me recuerde que la oscuridad también existe
Llorar
hasta que la flaqueza se quiebre en mil pedazos azucarados,
de los que se alimenten las abejas y los pájaros azules del olvido
Y se hagan néctar de flores o ramitas para un nido o canto de cuna
Llorar como ejercicio póstumo de agradecimiento a la vida.

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